lunes, 22 de febrero de 2021

Una buena tormenta

 Corría el año1974, cerca de la primavera. Solo unos meses después de que el best seller lo hiciera popular en el mundo entero, un barco de guerra de la Armada española atravesaría el Triángulo de las Bermudas. Entre la tripulación existía una latente inquietud, al menos entre los que habían tenido oportunidad de leer aquel libro de Charles Berlitz que había inundado los escaparates de las librerías y que desde días antes de zarpar desde la base naval de Rota corría de mano en mano.

Cruzar el Atlántico, ida y vuelta, sería la última gran travesía del viejo barco, un portaaviones ligero curtido en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial que la Navy americana cedió a España a principios de los 60 del pasado siglo XX para convertirse en su buque insignia, el portaáeronaves Dédalo. Por fin el veterano cascaron iba a cobrar el grado de portaaviones gracias a los Harrier de despegue vertical que iban a ser embarcados en el base aeronaval de Jacksonville, en el estado de Florida.

Cruzar el triángulo de las bermudas resultó ser lo más tranquilo del viaje y transcurrió con absoluta normalidad en ambos sentidos. Nada fuera de lo común en el horizonte, ni el los cielos. Ni durante las minuciosas observaciones de las pantallas del radar ni en los partes meteorológicos hubo nada reseñable, pero las novedades no tardarían en producirse.

Ya en medio del océano, todavía lejos de tierra, una inesperada avería trastocó la vida a bordo. Una de las dos depuradoras del barco colapsó y los mecánicos no contaban con medios para reparar un tanque que debería ser sustituido. La segunda depuradora debió dedicarse entonces a lo más necesario, procurar agua para refrigerar las máquinas y para sostener la potabilidad del agua de consumo. Para desgracia de todos (por entonces todo hombres), las duchas quedaron fuera de servicio. La habilidad del comandante situó entonces en barco en el ojo de una borrasca impulsada hacia el conteniente europeo por las corrientes del golfo de México. Justo al borde de ese vórtice atmosférico, sobre una mar en calma, se produjo una densa y fría precipitación. Era tiempos en los que no existían móviles ni cámaras digitales, pero quien lo presenció no olvidará aquella imagen. Cientos de marineros, suboficiales y oficiales fuera de servicio, botella de champú en mano, duchándose bajo aquella lluvia torrencial. Una buena tormenta.



Este texto participa en la convocatoria #relatosTormenta de @divagacionistas

lunes, 25 de enero de 2021

Juan Gómez

Juan Gómez, “el otro hombre”, se despertó en mitad de la noche a causa del silencio. Sí, el mismo Juan Gómez que Delibes retrató al cumplir los veintisiete, entonces recién casado, y que seguía siendo usuario de una vivienda protegida. Fue el silencio, un profundo silencio, lo que provocó que abriera los ojos de repente. Estaba acostumbrado a que la radio sonara sin cesar en su mesilla, con la cadencia de esos programas nocturnos con los que gustaba de acompañar sus sueños aunque no lo sintiera, aunque no prestara atención. Si acaso se mantenía alerta al sonar las señales horarias que precedían a cada boletín de noticias. Pero esa noche la pequeña radio se apagó y el silencio provocó que despertara. Sin sus gafas solo pudo ver que las luces parpadeaban intermitentes. Escrutó la habitación y por la puerta entreabierta comenzó a vislumbrar otra luz. Se apartó de golpe el edredón, se incorporó y palpó el suelo con los pies en busca de sus zapatillas. Sin encender la lámpara de la mesilla la tanteó en busca de sus gafas y se dirigió al pasillo en medio de la oscuridad rota por una tenue luz que surgía por detrás  de una puerta entreabierta.


 
Se asomó con timidez, sin hacer ningún ruido. Ahí estaba ella, sentada ante la pequeña mesa sobre la que se apilaban algunos libros y de la que emanaba aquella luz. El brillo de la pantalla del ordenador dejaba ver que tenía varias ventanas abiertas. Se acercó y puso las manos sobre sus hombros para recorrer los bordes de su espalda hasta la nuca y trazó con sus dedos un  gesto entre caricia y masaje. Ella encogió los hombros sin dejar de teclear, ni siquiera le miró. Entonces Juan sintió un escalofrío y tomó conciencia del frío de la noche, uno mayor de lo normal. Mientras lamentaba haber dejado de ser atractivo para ella, abrió levemente la persiana. Se escuchaba el silencio, la urbe mostraba un extraño mutismo. Alrededor del haz de luz de la farola refulgían algunos copos que parecían flotar en el aire. Juan buscó con la mirada el fondo de la calle y suspiró azorado porque otra vez más, ese día como tantos otros, la nieve inmaculada y blanca estaba escondiendo la ciudad.

lunes, 30 de marzo de 2020

El yacimiento


-Ahí la tienen, la imagen tridimensional del equipo de antropólogos que dirige el doctor Remmsit en el lugar de los hechos.
Millones de personas seguían expectantes a través de sus holófonos o agrupándose ante las triteles urbanas lo que era considerado el hallazgo del milenio. Las cámaras autónomas se adentraban en el laberíntico yacimiento sobrevolando un entramado de balizas hasta llegar a la plataforma desde la que el doctor Remmsit coordinaba todo el cotarro. 
-Vemos los equipos de excavación trabajando a pleno rendimiento y según parece hay una burbuja con una curiosa circunstancia ¿Es así doctor?, cuéntenos…
-Sí, sí, así es –asintió el veterano científico-. Es un hallazgo sin precedentes. Bajo todo este terreno pudo haber una población y hemos llegado hasta el tejado de lo debió ser una vivienda. Por una casualidad geológica ha permanecido casi tres mil años dentro una especie de burbuja al vacío y tenemos la esperanza de encontrar objetos intactos.
Alguien, sobre una moto voladora, apareció al fondo haciendo aspavientos y gritando…
-¡Doctor Remmsit, tiene que ver esto!
El presentador interrumpió…
-¿Qué ocurre doctor?
-Se trata de Jazzgreen, una de mis ayudantes.
La joven, claramente emocionada, mostró al doctor un objeto de apariencia metálica.
-¡Caramba!
El presentador, impaciente…
-¿Puede decirnos de qué se trata?
El experimentado investigador, observando el hallazgo con una gafas de Iridium computerizadas, balbuceo sus explicaciones.
.Eh…, déjeme ver… Sí, es un gadget de mediados del siglo XXI. Deduzco que de la época del gran colapso climático. Es una unidad de almacenamiento de datos personales que se activaba desde un teclado y contaba con una pantalla de dos dimensiones. En aquella época lo llamaban portátil y… ¿eh?, miren, ¡se enciende! ¡Esto es increíble, maravilloso! ¡¡Y hay algo escrito en la pantalla…!!


-¿Doctor, qué pone…? Léanos-, inquirió el periodista. 
Sosteniéndolo con primor, el antropólogo escrutó la pantalla del artilugio y empezó a leer…
“Hoy 30 de marzo de dos mil veinte, devuelto a la tristeza de mi soledad más profunda, recuerdo con amargura los muchos límites que me han constreñido y ahora me enclaustran. Repaso los versos de León Felipe, el poeta que cantó los límites, físicos y biológicos, que a todos nos son comunes:
‘Mi vida limita al norte con la muerte / y al sur, con mi madre herida. / A la derecha, mi amo contabilizando el aire, / y a la izquierda tu sonrisa, amiga de amar, amante’.
La añoro y muero.”

Este relato participa en la convocatoria de @divagacionistas de 30 de marzo de 2020

domingo, 22 de diciembre de 2019

La puerta



-A ver si me entero, desde el principio…
-¡Se lo he lo he explicado mil veces!
-Bueno, pues una más. Mire Fermín, yo tengo que redactar un informe y no quiero que mis superiores me tomen por un imbécil. No puedo decir que una persona, o sea, usted, Fermín, aparece misteriosamente en el interior de la sala acorazada del Banco Central asegurando que simplemente apareció allí como por arte de magia. Nadie va a creer eso.
-Mire, señor comisario…
-Inspector
-Pues inspector. Se lo vuelvo a repetir. La pasada nochevieja, como todos mis compañeros, acudí al laboratorio porque el profesor Sagredo, nuestro director, quería que tomásemos todos juntos la uvas con su reloj. Todos estábamos allí y unos minutos antes de las doce el profesor destapó un cilindro en el que había un contador digital. Cuando faltaban unos segundos para la medianoche el cilindro empezó a emitir unos sonidos, unos bips como de advertencia y a continuación, asombrosamente, emitió el sonido de un carillón. Sonaron los cuartos y a continuación las campanadas. Todos estábamos asombrados con aquel sonido envolvente, como si estuviéramos en un cine. Empezamos a comernos las uvas y con cada campanada todo empezó a cambiar. Las estanterías, las paredes, el suelo… Todo empezó como a derretirse. Miré a mi alrededor y mis compañeros parecían desvanecerse en una enorme espiral que lo iba atrapando. Entonces me asusté y corrí hacia la salida pero la puerta desapareció. Me di la vuelta y me encontré frente al despacho del profesor Sagredo. Entré y tras el escritorio vi una puerta metálica que no había visto nunca antes y que permanecía rígida y estable mientras todo parecía derretirse. La abrí y… aquí estoy. Lo demás ya lo sabe.
-¿Se da usted cuenta de que me está contando una película?
-¡Le estoy contando la verdad!
-Y dice usted que trabaja en el laboratorio de físicas experimentales de la Universidad, que nació en 1986 y que tiene usted 33 años…
-Sí, claro.
-¡Pero es que estamos en 2036! ¡Tiene usted 50 años!
-Espere… Ahora que lo recuerdo, en esa puerta había escritas dos palabras…
-¿Qué palabras eran esas?
-Sobre una franja blanca de parte a parte de esa puerta, en grandes letras rojas ponía “ENTRADA de EMERGENCIA”


Este relato participa en la convocatoria de @divagacionistas de diciembre de 2019

lunes, 25 de noviembre de 2019

Mimos preventivos


¡Zas!, ¡ay! ¡¡Zas, plaf!!, ¡¡ay, ay, ay…!!; ¡chiss…, que te meto otra! ¡Tira para tu casa, exagerado, quejica… ja, ja, ja…!, reía en la puerta de su consulta aquel adusto médico, con los brazos en jarra falsificando el entallado de una larga bata blanca que acababa un poco más arriba de sus zapatones. Mientras, tras él, en la chimenea, ardían las muletas del falso tullido. Y así me imaginaba yo, de niño, la escena descrita en aquel famoso y breve poema de Bertolt Brecht. (https://aperezmorte.blogia.com/2005/071601-las-muletas-un-poema-de-bertolt-brecht-.php)
La lectura me hizo plantearme ya entonces que tenemos tendencia a agigantar nuestras dolencias porque cuando estamos enfermos demandamos la compasión de los demás y la condescendencia de los más próximos. Quien está  aquejado de un mal reclama un trato consentido que considera tan necesario como la medicina que aliviará su mal, ya sea una gripe o algo más complejo o crónico.
Llego a la conclusión de que, al margen de problemas laborales o de la angustia sobrevenida que produce una postración en personas con exceso de responsabilidades, caer enfermo (leve), en el entorno de un “sistema de bienestar”, supone la oportunidad de experimentar el mino que para muchas personas es algo exiliado de su relación cotidiana con otras. Por eso, quizá, el mimo y una moderada complacencia sea, además de la higiene (especialmente lavarse las manos bien, enjabonarse, frotar con minuciosidad durante 20 segundos o más, aclarar con detalle y secar con toallas limpias), la mejor forma de prevenir muchos males.
Pero con este pensamiento, inspirado en nuestro pequeño mundo, no quiero banalizar. Recordad el tormento de los que están privados de higiene y sanidad, como lo están los refugiados hacinados en dantescos campos. No olvidad a quienes con heroicidad soportan y luchan contra graves afecciones. Tened en cuenta a los que se ven marginados a causa de sus enfermedades. Y, por favor, tened paciencia con quienes han cronificado una dolencia. Me acuerdo de ese grupo porque yo mismo sé lo que es tener que soportar el tirón de un hernia lumbar que “te pellizca” el ciático, la dorsal que te corta la respiración o la cervical que te aplasta la cabeza. La vertebral no es una columna tan resistente.


Este texto participa en la convocatoria de noviembre de 2019 de @divagacionistas 

lunes, 23 de abril de 2018

El compareciente


-Entonces…, ¿no siente ninguna culpa? 
-¿Yo…?, ¿por qué? Son ustedes los que perturban el orden. Esto ha sido así siempre y no lo van a cambiar sus ideas anti-sistema
-O sea, niega usted que esto sea culpa suya.
-Usted está dictando sentencia, no haciendo una pregunta.
-No me venga con excusas. Su proceder es la causa de la ruina de miles de personas, usted y los que son como usted han arruinado a miles ¡Debería saberlo!
-Yo sólo he cumplido con mi cometido. A mi nadie me advirtió que eso fuera ilegal. Todo el mundo sabe muy bien donde se mete y que es lo que hace. Este es un país libre…
-Pues usted me contará quien tendrá que cargar con la culpa.
-Yo no puedo responsabilizarme de los actos ajenos, esos obedecen a la libertad de cada individuo ¿O acaso sugiere usted que la gente no debería ser libre? No me extraña, con esa ideología comunista y bolivariana que tiene.
-No estoy insinuando tal cosa, pero usted debería haber tenido en cuenta las circunstancias personales de los afectados.
-¿Circunstancias...? ¿A mi que me importan sus puñeteras circunstancias? Las únicas circunstancias importantes son las del país, las de todos.
-¿Quiere usted decir que esto no se podría haber evitado, que la culpa es del sistema?
-El sistema está bien, funciona. Este sistema permite que ahora, con nosotros, estemos creciendo más lo previsto. Debería tener más sensatez y hacer todo lo que esté en su mano para que las cosas funcionen en vez de estar siempre lamentándose.
-¿Me va a echar a mi la culpa?
-Yo soy una persona generosa y magnánima, no como usted. Ustedes sólo buscan minar nuestros méritos. Cuanto mejor, peor, el suyo, beneficio político. Yo soy legal y transparente, no tengo que pedir perdón por nada y menos por hacer las cosas como dios manda...
-¿Se refiere usted a ese dios al que se dirige diciendo “mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa...”? Un acto de contrición es su sortilegio infalible. La divinidad le exonera y le permite repetir, un día tras otro, esa manera de proceder sin sentir remordimientos.
-No, no es por eso. Ni razones culturales ni religiosas, hay otras más poderosas. ¡Es el mercado, amigo! 


Relato para participar en #relatosCulpa de @divagacionistas

domingo, 25 de marzo de 2018

Inalcanzable



A tanta distancia como te alcance la vista, allí está el horizonte. A tanta altura como seas capaz de imaginarlo, allí está horizonte. Coinciden en algo, ambos son una línea imaginaria que separa en la distancia la realidad palpable del todo percibible.

He visto el horizonte tres veces en mi vida. Dos de ellas en alta mar, navegando en un buque de guerra. Sobre la cubierta de un portaviones, a unos 20 metros sobre el nivel del mar se puede ver una circunferencia perfecta a tu alrededor. Un plano azul intenso que marca su límite, a unas 7 millas y media, o sea, a unos 14 kilómetros, con otro azul degradado de menos a más intenso según alzas la vista hacia la cúpula celeste. Un espectáculo sólo superable por esa misma perspectiva en mitad de la noche. Se da la circunstancia de que los buques de guerra navegan en un régimen de oscuridad, es decir que salvo las luces que indican su posición a otros navíos en ruta, no emiten ninguna otra luz. Las zonas exteriores que precisan de alumbrado para el tránsito se iluminan con luces rojas de baja intensidad, una luz cuya frecuencia solo hacen visibles a penas un par de metros. Entonces, en plena noche despejada y sin luna se puede adivinar el horizonte entre el circulo marino y una cúpula celeste plagada de estrellas tintineando por doquier, por todas partes. Una visión insólita para pocos afortunados. Yo la escudriñé tumbado en una noche de verano sobre la cubierta de aquel barco navegando en mitad del Atlántico mientras en mis auriculares (arrastraba un aparatoso radio cassette siempre que me era posible y con mucho cuidado porque en los barcos de guerra está prohibido poner en marcha cualquier aparato que tenga un oscilador local, un circuito que emite una frecuencia que pudiera ser detectada por sistemas de contramedidas),  sonaba el «Journey to the Centre of theEarth» de Rick Wakeman. Una experiencia inolvidable, un grandioso espectáculo capaz de situar mi horizonte más allá de las estrellas.

En cualquier caso el horizonte es la representación geométrica de la utopia. Cuanto más quieras acercarte, más y más se alejará.

Hace días, muchos años después de aquellas experiencias casi mágicas, sonó el timbre de mi puerta. No podía imaginar que lo fuera a ver por tercera vez y que, contraviniendo toda lógica y fórmula, pudiera a llegar a verlo tan de cerca, incluso a palparlo. Abrí y allí estaba. Era ella, mi real horizonte. Lo imposible se había acercado hasta mí. La abracé como queriendo que jamás se alejara, pero todo horizonte cumple su máxima. Eso, de verdad, si que es inenarrable. Pero recordé una cosa: debo perseguir el horizonte.

lunes, 19 de febrero de 2018

Ibi mut…

A veces no es necesario que un tribunal te condene; a veces, sin que se tenga necesariamente que estar viviendo algún tipo de peligrosa aventura intrépida en uno de esos países tenebrosos por ser y estar bajo despóticos dominios, la propia vida y sus incompresibles e indomables circunstancias te condenan a un silencio aterrador, al silencio del ostracismo, al silencio despiadado de la marginación.

Érase una vez un muchacho que, ya en edad de empezar abandonar las audacias inherentes a la vehemente juventud, no supo ver, hasta pasados muchos, muchos años, como la concatenación de acontecimientos llegarían más allá de los que le empujaron a un destino inimaginable. En un principio presumió siempre superable una simple coyuntura que imaginó fugaz, efímera, temporal. Pero no, aquel destino no fue, a su pesar, nada pasajero.

Siendo joven, como muchos otros, pensó que una, dos, tres, cuatro… cien adversidades eran siempre superables y que más pronto que tarde retomaría el camino que sólo en su mente estaba trazado. Recurrió a otro lugar porque allí no le quedaba nada a lo que agarrarse y se esforzó por conseguir en otro sitio, en un lugar extraño, lo que en su propia ciudad le fue negado, inalcanzable.


¿Cómo es posible –se preguntaba ya en la vejez- que nada me haya sido favorable a pesar de mi empeño, de mi lucha, de mi decisión? Relegado a la tristeza, cuando el coraje y la rabia dio paso al sosiego que sucede, por puro agotamiento, a la tormenta de la desesperación, reparó estar viendo pasar sus días en lugar insólito en el que sus gentes todavía usaban, cuando la injusticia pudiera conducirles a la indignación, una vieja máxima: «Ibi mut», o sea, ¡cállate!, ¡no protestes! Sumisión ante todo, no incordies. Aguanta y calla..., silencio..., guarda silencio...


Texto para #relatosSilencio de @divagacionistas

viernes, 16 de febrero de 2018

Adiós, cabrones.


La verdad, creí que ya no volvería a escribir algo así, pero, una vez más, vuelvo a decepcionar y a decepcionarme. Si fuera verdad eso del karma (que no creo en absoluto), muy, pero que muy malo tendría que haber sido en mi vida anterior, terriblemente malo para merecer la que ahora sostengo a duras penas. Más vale que el karma me hubiera hecho nacer lagartija, pero supongo que no me hubiera ido tan mal.

Vivo aquí, en un pueblo (pero pueblo, pueblo, por mucha industria y por mucho abolengo que contenga), desde hace más de 30 años. La inmensa mayoría de los que aquí vivimos somos inmigrados, procedentes de otras regiones, principalmente de la Andalucía oriental y de la Castilla La Mancha más recia. Yo vine de Madrid, mi ciudad, que una día tuve que abandonar con gran dolor porque las circunstancias me marcaron la puerta de salida. Allí se quedó mi vida y con ella la única persona a la que pude una vez sentirme unido, íntimamente unido, la única persona en la que he sentido que podría confiar. Y la perdí, perdí el amor de mi vida y se esfumaron mis sueños de una vida compartida con sosiego. Aquí, como iba diciendo, jamás me abandonó la sensación de ser un extraño, ¡qué digo extraño! ¡un intruso! He hecho muchas cosas por este pueblo y sólo he recibido desprecio y marginación. No le debo nada. No tengo que dar las gracias por nada. Actué de buena fe, fui fiel a mis principios y me lo pagó con ostracismo e indiferencia.

Acabo de ver mi saldo en la cuenta bancaria: cincuenta y seis euros, los últimos. Ya no me queda nada. Lo he perdido todo. Invertí en una idea de negocio y mis socios decidieron, un buen día, abandonar la actividad. Invertí en una idea ajena, puse en ella todos mis ahorros, pero en seis años no he recibido ninguna compensación y, por lo que se ve, terminaré perdiéndolo todo. Ya no me queda nada, ni las joyas de mi madre, un bien con una grandísimo valor sentimental, que me compraron al peso para poder pasar la últimas navidades que, a pesar de eso, fueron muy, pero que muy austeras. No hubo extras, no hubo regalos…

Vivo acobardado por el dolor, esperando sin paciencia y clamando desesperadamente un mínimo de atención, esperando que me llamaran para operarme y, quizá, hacer desaparecer este intenso dolor que me atormenta día y noche, sin poder moverme, aterrado porque un movimiento descuidado me azote sin piedad removiéndome las entrañas. Ya me advirtió el neurocirujano cuando me operó por segunda vez de otra lesión en la misma columna vertebral. Me dijo que doler, lo que es doler, me iba a doler toda la vida, aunque con su intervención me liberó de presión que una vértebra rota ejercía sobre el nervio ciático. Ahora, dos hernias enquistadas en las cervicales me producen extrañas sensaciones, no sólo de dolor, sino de fatiga, mareo y pérdida de fuerza. Me pesa la cabeza como a un bebé, he perdido sensibilidad en los dedos, la mano izquierda está siempre como dormida, me duelen los antebrazos, los hombros y, aunque no sé qué sentirá un astado de lidia cuando le clavan la divisa o las banderillas, a veces pienso que es algo parecido a lo que recorre mi nuca desde el fondo del cráneo hasta golpear las cuencas de los ojos. Pero nadie me llama, no me avisan.

Cuando estuve convaleciente y lesionado, antes de la primera operación, gracias a que estaba cotizando al mayor nivel que me era posible, puede disponer de una paga con la que soportar mi incapacidad. Luego, sin yo saberlo, me pasaron a la situación de “pensionista” y dejaron de cotizar por mi. Luego, un tribunal médico, a sabiendas de que esperaba una tercera operación, decidió que era “apto” para el trabajo y me retiró una ayuda que ya me había sido mermada. Tuve que cerrar la empresa de la que, como cotizante autónomo, era administrador y responsable. Tuve que despedir a las personas que en ella trabajaban. Tuve que reducir mi actividad a lo que escasamente era capaz de hacer, poco, muy poco. No puedo conducir, no me atrevo porque sería un riesgo para mi y para la vida de los demás. Hace tanto que no conduzco que hasta, por no poder renovarlo, he perdido mi carné de conducir, ese de coche y moto que obtuve con dieciocho años recién cumplidos cuando era un soldado, un marinero de la armada, un cabo electrónico que dedicó demasiados años de su vida a un ejército que no lo merece porque esa actividad no contabiliza ni como trabajador, que lo fui, ni como nada.

Ahora, sin poder desplazarme, dependiendo siempre de alguien para poder hacerlo cuando la Seguridad Social me cita en Valencia (un viaje de doscientos kilómetros entre ida y vuelta), o en Alicante, o en Alzira, o en Alcoy…, siempre lejos, porque vivo en un pueblo, he perdido todos mis clientes. Clientes de Orihuela, Torrevieja, Elda, Alicante, Madrid, Valencia, Zaragoza o Gijón que tanto esfuerzo me costó conseguir… Ahora, el trabajo al que tantos años y esfuerzo he dedicado, a duras penas lo puedo hacer y si el escaso que se me encarga lo acepto y hago es porque no tengo más remedio, por mucho que me cueste, porque no tengo más ingresos que los que así, a duras penas, pueda conseguir. Pero mi trabajo no vale nada. Aquí, en Ibi, el pueblo en el que estoy encerrado y constreñido, la emisora municipal, la radio pública lo hace gratis. Producen piezas publicitarias sonoras sin cobrar nada por la producción, ni siquiera los derechos de autor por la música que le colocan al anunciante en sus cuñas de más de noventa segundos, plagadas de tópicos, frases hechas y precios, porque el precio es el “gancho”. Siempre el precio.

Me he quejado, he pedido de palabra y por escrito zanjar esa injusticia. El Excelentísimo Ayuntamiento, tan estricto en el cumplimiento de normas, no contesta, su alcalde no contesta ni correos ni mensajes. El desprecio es manifiesto. Después de varios correos electrónicos documentados con anexos, el Consejo de Administración me pidió un “informe”, lo hice. Siete meses después sólo me dijeron que lo verían. Gracias, muchas gracias.

Ni yo ni mi trabajo sirven para nada, ni valgo ni vale nada. Es obvio que estoy demás, que estoy molestando. En vez de retirarme las ayudas, hasta las más miserables, y de no prestarme atención abandonándome en mis dolores físicos, la Seguridad Social tendría un comportamiento más humano proporcionándome un método más rápido e indoloro para hacerme morir. Es más humano hacer morir a alguien proporcionándole una pastilla que negándole poder comer o contribuyendo a que pierda su casa (porque me queda hipoteca por pagar que no podré pagar y me echarán de mi casa, claro) para que termine muriendo en la calle.

O sea, que después de todo eso, perderé, también, mi dignidad. Y no, no lo voy a consentir. Si alguien tiene que acabar conmigo, ese seré yo. Por eso, cabrones, os dejo en paz. Repito aquello de que no tengo nada que agradecer a nadie. Habéis abusado de mi cuanto os ha sido posible. Me habéis robado, engañado, denostado, insultado, mancillado, humillado… Nada de eso importa porque antes de todo eso ya me habíais decepcionado. No valéis, nadie, ninguno de vosotros, más que yo, aunque lo pensáis. Algunos, vosotros sabéis quiénes sois, habéis sido del todo despreciables. Os recuerdo que vais a morir, igual que yo ahora. Sólo a los monstruos no les pesa la conciencia, porque no la tienen. Adiós sinvergüenzas.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Cuatrocientas


Sonó el clink y antes de que las puertas del ascensor se abrieran completamente Antón salió corriendo.  En toda la planta resonó un…

-¡No me pise lo 'fregao…'!-

Las suelas de sus zapatos marcaron un suelo todavía húmedo.
La gabardina y el periódico del día en una mano, una bolsa bajo el brazo y  el donuts entre los dientes, empujó la puerta de cristal con la palma de la mano y la marcó con un contorno azucarado.
Acelerado, arrojó gabardina y bolsa sobre su mesa y siguió presuroso hasta la de Ramiro. Le puso el diario en la cara…

-¡Mira!-
-Buenos días primero, ¿no?
-Sí, sí…, buenos días. Mira, mira…
-¿Qué, qué…?

Ramiro agarró el periódico. Balbuceó… «Identificado uno de los  atracadores del banco»

-¿Cómo? ¿Han encontrado al que lo hizo?
-No, no. Sólo lo han identificado…

Ramiro volvió a sus papeles golpeando repetidas veces el filo de un grupo de folios contra la mesa intentando cuadrar el legajo. Al devolverlos al escritorio…

-¡Vaya! Ese puñetero periódico… ¡Mira que desastre!
-Sólo es tinta
-Sí, pero tendré que volver a imprimir. No puedo pasar a la firma todo eso lleno de dedazos…
-Pues así han identificado al ladrón, por las huellas.
-¿Y eso es fiable?
-¡Y tanto! Mira, aquí pone… “el método de identificación por huellas digitales se remonta a mil ochocientos noventa y uno. Tras un año de investigaciones la policía de Buenos Aires (Argentina), señaló a Francisca Rojas como la verdadera autora del asesinato de sus dos hijos a pesar de la coartada que preparó para inculpar a un vecino”
-No te creas todo lo que dicen los periódicos…
-¡Hombre! Son periodistas. Se suponen que cuentan la verdad
-Esas verdades son efímeras, Antón
-¡Cómo van a ser efímeras!
-A ver. Cuando lo hayas leído, ¿qué vas a hacer con el periódico?
-No sé…, tirarlo a la papelera; aprovechar alguna hoja para envolver algo; ponerlas en el suelo cuando pinte en casa…
-Te vas a deshacer de él. Lo vas a tirar a la basura, ¡a la basura, Antón! Esa sí que es la huella. Todas las cosas que tiramos van dejando nuestras huellas por todas partes
-No dramatices, Ramiro. Hay cosas que dejan huella y no son tan efímeras como dices…
-¿A sí? A ver, qué…
-No te lo puedo contar…
-¿Es un secreto?
-No. Es que ya las hemos gastado todas y me harían falta otras cuatrocientas palabras…


Mi para  de noviembre de 2017

lunes, 23 de octubre de 2017

Sonrío por sí llorar



-Al final de la página hay un botón de «play» para que, si quieres, actives una música de fondo-


El llanto es la primera forma de comunicación que cualquier recién nacido tiene con el mundo exterior. Nacemos y lloramos. Y después seguimos llorando para exigir la atención de alguien que nos cuida. Con el llanto exigimos que ese alguien, que pronto descubriremos que es mamá, nos cuide, nos preste toda su atención, nos alimente, nos de calor, nos haga sentir cómodos o nos libere del dolor. Así, poco más o menos, Darwin llegó a la conclusión de que llorar no es otra cosa que una manera de llamar la atención de los demás o de alguien especialmente.

Se nos saltan las lágrimas de la misma manera si reímos a mandíbula batiente que si sentimos profunda tristeza o impotencia ante un acontecimiento. Llorar es, por tanto, una reacción emocional. Y además, dicen que es un privilegio exclusivo del ser humano porque, aunque haya animales que derraman lágrimas, no hay otra especie que lo haga por causas emocionales.

Hay muchos tabúes sobre el llanto. Por ejemplo, el hecho de considerarlo un síntoma de debilidad, posiblemente por su relación con reacciones infantiles, una etapa de la vida en la que sí forma parte de los códigos de comunicación con los demás y en la que se llora por frustración, por rabia, por dolor o por cualquier otra causa que ya de adultos nos parece que debe ser controlable. 

Otro tabú es el de que las mujeres lloran más que los hombres, cosa que parece ser cierta porque, aunque no hay razones científicas de peso que avalen la teoría, las mujeres lloran, sin razón aparente, durante la menstruación o, ya más tarde, por razones asociadas a los cambios hormonales relacionados con la menopausia. La cuestión es que, culturalmente, quizá por los roles inculcados en razón del género, se tolera más el llanto de la mujer, uno de los motivos por los que se la señala erróneamente como «el sexo débil» ¿Quién no  ha sido testigo del llanto sordo de una mujer viendo una película, escuchando una música o recordando las vivencias que evocan algunas fotografías? Por alguna razón todavía no bien definida la mujer es más propensa al llanto o quizá sólo lo exterioriza sin falso rubor.

En cualquier caso, y esto sí está científicamente aceptado, el llano es un calmante natural porque provoca la liberación de determinadas hormonas. Incluso los oftalmólogos hablan positivamente del llanto como un sistema de higiene natural de los ojos, aunque, según parece, la composición química de las lágrimas varia en función de su causa.

Llorar es, en todo caso, una liberación y aunque por el recelo que produce el que nos vean llorar, sobre todo en momentos en los que no parece nada adecuado, sólo lo hagamos en soledad, todos, hombres y mujeres, lloramos en algún momento y malo será si alguien contiene su llanto y reprime sus emociones porque, además de no parecer nada sano, poco a poco eso retorcerá su personalidad y llegará a deshumanizarla.

Llorar es un bálsamo para nuestras penas y para nuestras alegrías, porque también se llora de felicidad. Llorar es un alivio que desahoga eso que llamamos «el alma» y que no debe ser otra cosa que nuestra capacidad de sentir, de evocar, de desear o de reprimir el deseo hasta hacernos sentir algo indefinible y que reconocemos como «angustia vital». Yo, ahora mismo, mientras escribo este texto, estoy llorando y no puedo dejar de hacerlo.


Lloro sí, lloro con serenidad pero también con amargura. Lloro con gran pena. La pena de no haber tenido oportunidad, de haber perdido la esperanza de compartir la vida con quien, al cabo de los años, sigue siendo esa persona, la única, la deseada, la añorada compañera que pudiera haber cambiado mi vida sólo con la influencia que sobre mi ejercía. 

No fue una discusión, no una incompatibilidad, no desinterés repentino ni falsas sensaciones. Fue, sencilla y llanamente, la separación forzosa. Crueles circunstancias del pasado nunca deseadas por acontecidas. Lloro con amargura, pero, al mismo tiempo, sonrío. Sonrío por la amistad que me brinda a pesar de mis torpezas, a pesar de mi rabia y a pesar del tiempo. Éramos muy jóvenes cuando nos separamos y ahora ya somos propietarios de una respetable edad. 

Lloro por mi, sonrío por ella. Lloro porque ya murió su amor y sonrío porque aún conservo el mío. Lloro por que persiste, casi insalvable, la distancia y sonrío porque la siento próxima. Lloro porque he de reprimir la necesidad de dar rienda suelta a las palabras y sonrío porque, a pesar de todo, cada día me siento tratado con tanta dulzura y cariño como el que jamás nunca recibí. Lloro y sonrío por una misma razón: tanto me duele como me hace feliz saber que ella sigue ahí.

lunes, 16 de octubre de 2017

Anula la Luna (versión reducida)


Todavía sentía los efectos de la tremenda descarga de adrenalina. No pensé que fuera capaz de lanzarme al vacío desde tan impresionante altura con una cuerda atada a los tobillos.

Más que el valor, me empujó la imperiosa necesidad de ser aceptado por aquel grupo. Llevaba pocos meses viviendo allí, un lugar desconocido, extraño... Lo había dejado todo atrás con el hondo pesar de perderlo todo..., todo. Tocaba otra vez empezar de cero.

–Saltar no es la solución, por muy desalentado que te sientas–
¿Y esa voz...? Tenía que ver quien era y saber por qué estaba allí, conmigo, en aquel puente ahora oscuro y solitario, intentando disuadirme de algo que solo anidaba en cabeza. Tuve la sensación pesar toneladas, de que aunque lo intentara no podría moverme. Con un esfuerzo extraordinario conseguí, por fin, ponerme en pie y mirar a quien me hablaba. Vi una silueta resplandeciente, si acaso un rostro conocido, la imagen de alguien añorado...
 
–¿Quién eres tú?–, pregunté –Soy Selene. Cada veintinueve días bajo aquí, a la Tierra ¿Acaso ves a la Luna brillar esta noche en el cielo…?–
No puede ser ¿Me habla un ser mitológico? ¡Selene!, hija de titanes, ¡la mismísima luna…! Me estoy volviendo loco ¡Estoy perdido!

Desesperado y vencido di un fuerte impulso, salté la barandilla metálica y caí al vacío… Me invadió un intenso vértigo cayendo hacia una tenebrosa profundidad insondable. El aire gélido chocándome en la cara en un descenso sin retorno a pocos segundos del fin… Pero aquella luz me persiguió veloz interponiéndose en mi caída hasta darme de bruces en su fulgor… 

Y desperté. Allí estaba, aterido, sentado en aquel puente que llaman de «las siete lunas». Me levanté caminé hasta el coche. Regresé a casa. Era una noche cerrada, de novilunio, de esas en las que la Tierra anula la Luna. Nadie pudo verla, pero ella estuvo allí, como siempre. Y me salvó la vida.



Para participar en la convocatoria #relatosLuna de @Divagacionistas
Ver entrada anterior para conocer historia acomplejo. 

Anula la Luna

-A PIE DE PÁGINA HAY UN BOTÓN «PLAY» PARA, SI QUIERES, ACTIVAR LA MÚSICA DE FONDO-


–¿Así vas a solucionar las cosas? ¿Acaso eres un cobarde?

¡Esa voz! ¿De dónde sale esa voz? ¿Quién me habla? Me sentí incapaz de mover un solo músculo. Abrí bien los ojos buscando la procedencia de esa voz que me interpelaba y que, fuera quien fuera, ¿cómo podía saber lo que estaba pensando?

Sentado sobre el frío suelo, con la espalda apoyada contra la barandilla del puente, bajo un cielo totalmente negro y maravillosamente estrellado. Excepto por un horizonte irregular dibujado por escarpadas montañas, el espectáculo era similar al que contemplé tiempo atrás en alta mar, en noches sin luna, en la absoluta oscuridad del régimen de navegación nocturna que practican los barcos de guerra.

–No tendrás coraje para hacerlo ¡No lo hagas!–

Ahora sí, percibí la voz a mis espaldas… ¡No puede ser! Tras la barandilla sólo hay vacío, casi 60 metros de caída libre hasta el fondo del barranco. Tuve que concentrar todas mis fuerzas para girarme apoyando con firmeza las manos sobre el suelo. Vislumbré un suave resplandor que se movía lentamente.

No sé cuanto tiempo pasé allí. Llegué por la mañana. Era domingo. Me prometieron una experiencia emocionante y nunca imaginé que fuera tan intensa. No me creí capaz de saltar desde aquella altura impresionante con una cuerda ataba a mis tobillos, ¡pero lo hice! Todavía podía sentir los efectos de la colosal descarga de adrenalina. Nunca antes había respirado de forma tan profunda y, aunque todo a mi alrededor estaba cubierto de escarcha, no sentía frío alguno.

Más que el valor, me empujó la imperiosa necesidad de ser aceptado por aquel grupo, de relacionarme con aquella gente. Llevaba pocos meses viviendo allí, un lugar desconocido, extraño, hostil. Lo había dejado todo atrás, no me quedó otra, con el hondo pesar de perderlo todo..., todo. Tocaba otra vez empezar de cero.  

Saltar no es la solución, por muy desalentado que te sientas

¡La voz de nuevo! Tenía que ver quien era, saber por qué estaba allí, conmigo, en aquel puente ahora oscuro y solitario, intentando disuadirme de algo que solo anidaba en cabeza. Tuve la sensación de que mi cuerpo pesaba toneladas, de que aunque lo intentara no podría moverme, pero con un esfuerzo extraordinario conseguí, por fin, ponerme en pie y mirar de frente a quien me hablaba. Vi una silueta resplandeciente, si acaso un rostro conocido, una mujer bella, la imagen de alguien a quien añoraba...

¿Quién eres tú?, pregunté
–Soy Selene. Cada veintinueve días bajo aquí, a la Tierra ¿Acaso ves a la Luna brillar esta noche en el cielo…?–

No puede ser ¿Me habla un ser mitológico? ¡Selene!, hija de titanes, ¡la mismísima luna…! Me estoy volviendo loco ¡Estoy perdido!

Desesperado, desasosegado, desorientado y vencido di un fuerte impulso, salté la barandilla metálica y caí al vacío… Me invadió un intenso vértigo, un vuelo eterno hacia una tenebrosa profundidad insondable. El aire gélido chocándome en la cara en un viaje sin retorno a pocos segundos del fin… Pero aquella luz me persiguió veloz interponiéndose en mi caída hasta que di de bruces en su fulgor… 

Y desperté. Efectivamente, allí estaba, aterido, sentado en aquel puente que llaman de «las siete lunas». Me levanté y alumbrándome con la luz del móvil caminé hacia el coche.  Regresé a casa. Era una noche cerrada, de novilunio, de esas en las que la Tierra anula la Luna. Nadie pudo verla, pero ella estuvo allí, como siempre. Y me salvó la vida.




martes, 10 de octubre de 2017

La decisión




(Al pie de la página hay un botón para, si quieres, hacer sonar la música de fondo) 



Hay momentos en la vida en los que hay que tomar una decisión, elegir una opción posible entre dos o más, condición sine qua non para poder decidir algo. Hay momentos en los que hay que elegir el camino, uno u otro, un trayecto con menor posibilidad de regreso cuanto más largo se haga. Muchas veces vemos claramente lo trascendental de una decisión y otras, sin embargo, nos parecen nimias, sin posibles consecuencias. Pero no siempre esas decisiones son tan propias como aparentan. Unas veces puede influir la presión de un grupo, otras el temor a contrariar a alguien influyente en nuestras vidas, incluso puede que, por respeto a quien nos parece ser la persona más importante de nuestra vida en un momento dado, asumamos como propia y sin rechistar una decisión que al pasar de los años podremos valorar como la más trascendental de todas cuantas hallamos tenido que tomar a lo largo de lo vivido. O puede que, en las peores circunstancias posibles (que haberlas haylas para desgracia de unos pocos), te veas obligado a elegir un única opción en contra de tu propia voluntad, circunstancias que sólo reconocen los desterrados, los marginados, los excluidos, los olvidados..., esos. 

Con los años descubres que esas aparentes decisiones, las obligadas, son, para más inri, motivo de un eterno reproche que poco quiere saber del dolor desgarrador que produjeron en quienes se vieron obligados a tomarlas.  Siempre habrá alguien que ni puede ni quiere concebir una triste realidad ajena. Una contingencia inesperada te puede cambiar la vida empujándote a hacer lo que menos deseas sin que puedas evitarlo en modo alguno, por mucho que te empeñes en ello. Un empeño ante la adversidad que se torna sufrimiento, angustia, amargura, impotencia, desesperación... y que también se convierte en una eterna incomprensión que descubrirás con el paso de los años. No es fácil admitir que si lo que otro hizo en un momento de su vida nos perjudicó de algún modo, aunque fuera algo obligado y sin opción, no lo hiciera sino en nuestra contra de forma intencionada. La vanidad enturbia la verdad, sobre todo cuando se trata de la nuestra frente a la del otro.

Vivir es una sucesión de decisiones e imposiciones y sólo una holgada perspectiva hace comprender la transcendencia de las que se van tomando. Conozco la historia de un muchacho que, inesperadamente, en un momento crucial de su vida en el que mantenía una feliz relación de pareja que pensaba definitiva y única, pudo ser padre. Entonces, quien era su pareja, tomó una decisión contraria. Se trataba de una muchacha muy joven, mucho más que él, acabando sus estudios universitarios y con un futuro profesional claramente perfilado. Quizá por su juventud, quizá por la presión familiar, puede que por sus miedos ante aquel horizonte incierto o puede que porque no sintiera un verdadero amor…, quién sabe, algo hizo que aquella muchacha decidiera no ser madre. A aquel muchacho no le quedó otra que asumir como propia la decisión de ella y, sin poner objeción alguna, vio esfumarse una repentina ilusión que, dicho sea de paso, le pudo cambiar la vida.

Conocí íntimamente a aquel chaval, hoy en vísperas de ser un jubilado más, que siempre fue persona pudorosa, con alto sentido de la justicia y la igualdad, con gran autoestima e incapaz de pedir favores por mucha falta que le hicieran. Pero en aquel momento, me llegó a confesar, se planteó renunciar a sus principios para afrontar aquella nueva situación que también le originó un lógico agobio y honda preocupación. De la noche a la mañana asumió que tendría que afrontar acontecimientos trascendentales con aquella pareja de la que estaba profundamente enamorado. Finalmente, frustrada aquella opción, aquel joven, empujado por sus circunstancias y en contra de su voluntad, se vio obligado a partir en busca de algún modo de ganarse la vida. Como siempre hizo, tampoco entonces pidió favores y, aunque pudo hacerlo, no recurrió a recomendaciones. Simplemente partió. Nunca pudo regresar ni quiso ser una rémora para quien consideraba la persona más importante de su vida y finalmente la perdió. Ella le olvidó y, en cierta medida, le abandonó a su suerte. El luchó muchos años contra la adversidad, en condiciones muy duras, lejos de su tierra, de su ciudad, de su familia alentado por la esperanza de poder regresar junto al gran amor de su vida. Se le hizo tarde, demasiado tarde.

Nunca se sabrá si aquella otra decisión pudiera haber propiciado una vida mejor, lo que si se puede afirmar es que hubiera sido una vida distinta, ni mejor ni peor, distinta sin duda.


Alguien dijo alguna vez aquello de «tú no eliges el camino, el camino te elige a ti». Basta con haber vivido lo suficiente como para echar un vistazo al pasado y reconocer la gran verdad de esta máxima y también la gran mentira que supone que todo aquello que hicimos o decidimos obedeció siempre a nuestra decidida y libre voluntad. No siempre querer fue poder.

martes, 12 de septiembre de 2017

Silencio, por favor



-Hay música de fondo, sí. Baja, baja el volumen. Se trata de que sea eso, un fondo-


Hay una vieja canción de Nat King Cole (¡madre mía, que mayor soy!), que decía…: «ansiedad de tenerte en mis brazos musitando palabras amor… ». No declarando, expresando o diciendo, no, musitando, musitando. Hay cosas que merecen estar tan próximas al silencio como sea posible porque las palabras, por muy necesarias que se hagan de pronunciar, no pueden superar lo que se puede decir de otras maneras, casi en silencio. No quiero decir que el silencio sea obligatorio ni que haya que mantenerlo todo el rato, no. Las cosas, y más las que se sienten, hay que decirlas, no conviene dejarlas dentro.

He trabajado muchos años en la radio (no tantos como hubiera querido), pero quizá sea por eso por lo que estoy acostumbrado a guardar silencio y a emplear un tono comedido para hablar. Comedido no quiere decir irritantemente inaudible, digo un tono perceptible, un tono que se ha ido educando en un ambiente en el que el silencio es obligado cuando trabajan otros y que enseña a tener un timbre de voz comedido cuando lo hace uno mismo. En la radio, cuando hablamos de la voz, hablamos de «modular», «enfatizar», «proyectar» o de «impostar» (no confundid con “«engolar», algo denostado por profesionales, aunque se dé entre algún que otro pedantillo epatante), matices que dan idea de la sutil delicadeza con que se maneja. A quien interese ahondar en el tema recomiendo este libro.

Los españoles, portadores de ese 'gen latino' que nos caracteriza, tenemos merecida fama, sobre todo entre nuestros vecinos europeos, de ser unos gritones. Chillamos, somos estridentes, hablamos como si elevando la voz por encima del otro nos diera la razón; no hay más que ver las tertulias de la tele. Me aterroriza tener que asistir a esos ágapes en los que el ruido llega a ser insufrible, no en vano el nivel de decibelios de una conversación entre humanos es equiparable al que produce el tubo de escape de una motocicleta. Huyo de restaurantes, cafeterías y sitios en general en los que es ostensible el griterío. Detesto tener que escuchar conversaciones ajenas desde considerable distancias. En la sala de estar de mi casa, una antigua con gruesas paredes de piedra, oigo a mis vecinos, y, más que molestos, se me hacen insoportables los gritos desaforados de quienes 'se divierten' en la calle sin el más mínimo recato, como auténticos energúmenos de la contaminación acústica.

Ni valoramos el silencio, ni apreciamos el susurro. El silencio, para el que sólo en el lenguaje musical existe un símbolo que lo represente, es también elocuente, expresivo o valorativo. El susurro es consustancial a la calidez humana, a lo dicho con ternura, a la entonación sosegada, apasionada y profunda ¿Qué puede superar ese silencio compartido mientras tienes a quien amas entre tus brazos musitando palabras de amor… ? Pero si es de Amor de lo que  de verdad queremos hablar y si de Amor se trata, entonces no hay mejor motivo, y mucho otros hay, que justifique pedir silencio, por favor.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El beguine



-Sí, hay una música. Es mejor bajar el volumen todo lo posible y dejarla que suene como paisaje de fondo-


Voy conduciendo por la autopista. Me he pasado la salida ¡Mierda!, no llegaré a tiempo. La hora se echa encima y avanzo sin levantar el pie del acelerador buscando desesperadamente un cambio de sentido. Ojalá pudiera girar aquí mismo, pero es imposible. Tengo que volver a la salida…

De repente, una vieja melodía por la radio. Me suena ¿cómo se llama…? la tarareo mentalmente… ¡Ah, sí, ya me acuerdo! Begin the beguine ¿Por qué la traducirían «Volver a Empezar» si no tiene nada que ver con el título? No sé, supongo que será por eso que dice la letra de “cuando comenzó el beguine regresaron a mí tiernos recuerdos” y no sé que más…  Pero, ¡qué narices estoy pensando! Voy a llegar tarde y el dichoso cambio de sentido no aparece ¡Maldita autopista!

El tiempo pasa y ya es inevitable, no llegaré. Empiezo a pensar que nunca debí hacer este viaje y mucho menos sin avisar. Se hará de noche y no podré encontrarla cuando vuelva a casa del trabajo ¿Cuántos años han pasado? Treinta, treinta y cinco… No sé, muchos, demasiados, ¡toda una vida! Pero hoy, por fin, volveré a verla ¡si llego a tiempo!

¡Por fín! Ahí hay una señal de cambio de sentido. Vamos allá. Sé que está cerca pero la distancia se me hace eterna. Parece que nunca voy a llegar ¡Cuánto tiempo pensando en este día! Pasaron tantas cosas… El tiempo pasó y pasó y todo se puso en contra de que llegara el momento de poder regresar. Pero hoy es ese día. Siempre ha sido y será mi gran amor..., el Amor de mi vida.

¡Bien! He llegado a tiempo. Buscaré aparcamiento y esperaré. Seguro que no tarda. Miró el reloj del teléfono. Los segundos se mueven a cámara lenta ¡No puedo más! El corazón me late muy fuerte…  A ver ¿llevo bien el cuello de la camisa?, ¿estoy bien peinado? ¡Vaya! ¡el cinturón del coche me ha arrugado la chaqueta!, me la tenía que haber quitado para conducir.

¡Ya está ahí! Acaba de doblar la esquina. Mírala, han pasado años pero sigue siendo la misma, está igual ¡Qué guapa es! Anda de la misma manera. Se acerca. Creo que no sabe que soy yo –¡Hola…!– ¡Ahí va! ¡Vaya cara de sorpresa ha puesto! –¡Hola! ¿Y tú por aquí?– me dice. –Pues, he venido por unos temas del trabajo y he pasado a ver si te veía, para saludarte– miento. –Mira, te presento a…– No sé que nombre me dijo, pero de pronto me di cuenta de que venía acompañada. –La verdad es ahora me pillas un poco mal, lo siento– se excusa. –No pasa nada. De todas formas me tengo que ir, mañana tengo que estar de vuelta– No sé si esto lo dije o sólo lo pensé. Dí media vuelta. Todo, menos mi cuerpo, se murió. Nunca más regresé.



NOTA: Este texto lo escribí pensando participar en la convocatoria #relatosRegreso de @divagacionistas, pero no. No estoy a la altura y, además, total ¿para qué?